Una playera verde, un balón y más de 135,000 ausentes. Una crónica sobre el fútbol como fiesta y la realidad que se resiste a ser olvidada en la Ciudad de México.
El pasado jueves 18 de junio llegué al Ángel de la Independencia a eso de las 2:00 de la tarde. Las principales avenidas que conectan con el monumento ya estaban cerradas y comenzaban a hacerse pruebas de sonido para lo que sería la celebración postpartido México – Corea. Mientras caminaba rumbo al banco que está frente al monumento, un vendedor ambulante me ofrecía monedas conmemorativas del Mundial, acompañado por otro que ofertaba llaveros con el balón del certamen. Al cruzar la calle, alcancé a escuchar cómo una pareja de extranjeros comentaba they’re all using the same jersey, en referencia a la camisa verde que yo, junto a miles de personas, portábamos aquel día.
Hasta ese momento todo era optimismo; de camino al Ángel recuerdo haber puesto una playlist con canciones del Mundial. Para mí como para la mayoría, la misión de esa tarde era disfrutar del partido de la selección. Sin embargo, lo que me llevaba al monumento a esas horas era una combinación de eventos: pasar por mi novia a su trabajo para después ver juntos el juego y acompañar a mi hermana a un evento de las madres buscadoras. Sobre esto último no tenía mucha idea; me dijo que iban a jugar un partido a las 5:00 en la glorieta de los desaparecidos.
Mi tarde transcurrió normal hasta esa hora. Me senté en un café y vi cómo las calles se iban llenando poco a poco. Salvo una persona en bicicleta que pasó gritando: “México campeón en desaparición”, no percibí nada más allá del bullicio del ambiente mundialista.
A las 5:10 llegó mi hermana al café donde me encontraba y comenzamos a caminar rumbo a la glorieta. Ambos estábamos emocionados mientras nos adentrábamos en Paseo de la Reforma. Al no ser originarios de la Ciudad de México, la magnitud de las cosas aquí cautiva: la cantidad de playeras verdes, las personas bailando, el ruido. No obstante, después de dar unos cuantos pasos hasta llegar a la glorieta de los desaparecidos nos dimos cuenta de que atestiguaríamos algo diferente.
En el piso estaba dibujada una cancha de escasos metros. La delimitación que en un estadio sería de cal estaba hecha con gis sobre el pavimento, en el centro del terreno de juego estaba trazado el círculo con la leyenda “+135,000 desaparecidos”. Al llegar estaban ya jugando personas de los contingentes de madres buscadoras. Después de hacer una reta, mi hermana entró a jugar y yo me quedé con sus cosas a una distancia que consideré prudente: lo suficientemente cerca para pasar el balón si se iba.
Conforme transcurría el partido comenzaron a llegar contingentes de madres buscadoras. Iban seguidas por la mascota del movimiento: un ajolote color rosa con una pala de hierro. Comenzaron por agradecer a los presentes –algunos fotógrafos, acompañantes de los familiares y algunos extranjeros– así como por manifestar que el evento que se estaba llevando a cabo no era algo en contra del Mundial: “a nuestros desaparecidos también les gustaba el fútbol”. Era otra cosa: hacer conciencia sobre la crisis de desaparecidos del país.
Para ese momento se continuó con el pase de lista. Una a una, las madres buscadoras vociferaron con un megáfono el nombre de su familiar desaparecido. Acabando el pase de lista, las personas corearon al unísono “porque vivos se los llevaron, vivos los queremos”.
Cuando dicen que México es un país de contrastes, uno olvida que a pocos metros se cuentan dos historias tan diferentes. Aunque el fútbol como fiesta puede dar la ilusión de que por un instante todos somos uno, la realidad es que el jueves pasado se disputaron dos juegos en el mismo espacio público. “No podemos dejar de ver lo que nos lastima”, dijo una de las organizadoras del evento. Espero que la experiencia mundialista nos ayude a identificar estos dos partidos y apoyar el que de verdad importa; el que se festejó el jueves en el Ángel y el que se sigue peleando en la otra glorieta.
Emiliano Medina
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