A través de la vida de Emeterio Payá Varela, exploramos el trauma silencioso, el hambre y la fractura afectiva de los 456 niños de Morelia exiliados en México.

A los setenta años, Emeterio Payá Varela seguía despertando antes del amanecer. A las cinco de la mañana abandonaba la cama y repetía una rutina aprendida en otro tiempo, en otro régimen de disciplina y vigilancia. Caminatas rápidas, ejercicios respiratorios, flexiones. El cuerpo envejecía; la costumbre, no. Decía que el ejercicio alejaba la enfermedad. También parecía mantener a raya algo más difícil de nombrar: la persistencia del pasado.

La disciplina del amanecer

Había llegado a México en junio de 1937, con ocho años de edad, dentro de la expedición de los llamados Niños de Morelia. Desde entonces, la mayor parte de su vida transcurrió en esta ciudad. Trabajó como agente viajero, vendedor ambulante y cocinero de paella en un pequeño negocio propio. En 1982 publicó un libro de memorias. Pero incluso después de décadas de trabajo, familia y nacionalización mexicana, seguía describiéndose desde aquella condición inaugural: niño desplazado, hijo separado, sobreviviente de una evacuación que terminó convirtiéndose en exilio.

El grupo al que pertenecía estaba integrado por 456 menores enviados desde España durante la Guerra Civil. Muchos provenían de Cataluña; otros llegaron desde regiones golpeadas por bombardeos, persecuciones y desorden social. La evacuación fue presentada como una medida temporal. Los padres imaginaban una guerra breve. Creían que los hijos regresarían pronto. Nadie previó la duración del conflicto ni la magnitud posterior de la derrota republicana.

Emeterio conservaba recuerdos minuciosos del viaje. La salida nocturna de Barcelona. El Hotel Regina convertido en centro de concentración infantil. El ruido del tren arrancando mientras algunos padres corrían junto a los vagones. Su propio padre gritando desesperadamente que no se llevaran a sus hijos. Aquella escena quedó suspendida como una herida fija. Nunca volvió a verlo.

El padre de Emeterio era carpintero ebanista y tramoyista del Teatro Romeo de Barcelona. Después de la derrota republicana huyó con su esposa a Francia. Ahí fue capturado por los alemanes y enviado a Mauthausen, donde murió. La madre sobrevivió. Durante años sostuvo una correspondencia constante con sus hijos desde Europa. Las cartas estaban cargadas de ansiedad, ternura y culpa. Pedía noticias. Rogaba no ser olvidada. El niño respondía con frecuencia obsesiva. Entre todos los hermanos, era quien escribía más.

La travesía hacia México duró dos semanas. En Burdeos abordaron un barco rumbo al Atlántico. Los primeros días estuvieron dominados por el mareo y los vómitos. Después llegaron los juegos infantiles, la exploración del buque y una sensación confusa de aventura. En Veracruz, el recibimiento fue multitudinario. Emeterio recordaba miles de personas reunidas en el puerto, gritos a favor de la República española, regalos lanzados hacia los niños y una emoción colectiva que todavía lo conmovía décadas después.

Pero el trauma viajaba con ellos. En la Ciudad de México, un avión publicitario sobrevoló el lugar donde estaban alojados provisionalmente. Los niños se arrojaron al suelo creyendo que serían bombardeados. La reacción se repitió después en Morelia. El miedo había quedado incorporado al cuerpo.

El internado España-México, donde fueron instalados, estaba compuesto por edificios improvisados y austeros. Emeterio los describía como espacios sombríos, fríos y hostiles. Las noches resultaban especialmente difíciles. Muchos niños llegaban con sarna, piojos, conjuntivitis o secuelas físicas de la guerra. Otros arrastraban alteraciones emocionales profundas. El cuidado psicológico era inexistente.

El internado y la pedagogía del desamparo

La vida cotidiana se organizaba bajo una lógica casi militar. Toques de corneta, listas, ejercicios, formación, talleres. Todo estaba regulado por horarios estrictos. El director, Roberto Reyes Pérez, imponía disciplina severa y defendía un modelo moral rígido. Sin embargo, dentro del internado coexistían otros órdenes más brutales: la violencia entre los propios niños, el robo de alimentos, los abusos de los mayores sobre los pequeños.

Emeterio insistía en un punto incómodo para las versiones heroicas del exilio republicano: no todos los niños habían sido enviados únicamente para protegerlos de la guerra. Algunos padres aprovecharon la expedición como vía migratoria. Otros utilizaron el embarque para deshacerse de hijos problemáticos. Había adolescentes violentos que convertían el internado en territorio de intimidación permanente. La guerra no había igualado a todos bajo una misma épica.

Morelia como patria imperfecta

También existía hambre. Mucha hambre. Años después, Emeterio revisó documentos presupuestales del internado y concluyó que los recursos destinados a la alimentación eran suficientes. El problema, sostenía, era la corrupción administrativa. Mientras el presupuesto aumentaba, los niños buscaban comida fuera de la escuela. Algunos robaban pan. Otros recorrían las calles de Morelia buscando afecto disfrazado de tortilla, fruta o golosina.

La ciudad reaccionó de maneras contradictorias. Algunas familias morelianas acogieron a los niños con una solidaridad silenciosa. Otras los insultaban en la calle. “Muertos de hambre”, les gritaban. El choque cultural era inevitable. Los niños españoles arrastraban un anticlericalismo aprendido durante la guerra y llegaban a escandalizar a una ciudad profundamente conservadora. Hubo episodios de agresión contra templos y consignas blasfemas que alimentaron el rechazo inicial.

Con el tiempo surgieron vínculos más complejos. Emeterio encontró refugio afectivo en familias humildes y también en sectores acomodados de la ciudad. Recordaba especialmente a Octavianito y Chonita, un matrimonio indígena que lo alimentaba y trataba como hijo. Décadas después seguía hablando de ellos como de una verdadera familia sustituta. En contraste, algunas damas católicas intentaron reeducar ideológicamente a los niños republicanos, sobre todo a las niñas enviadas a conventos.

La experiencia del exilio produjo identidades fragmentadas. Los niños no terminaban de pertenecer por completo a ningún lugar. España permanecía asociada a la pérdida; México, a la supervivencia y al desarraigo simultáneo. Morelia terminó ocupando un espacio ambiguo: no era exactamente patria de origen ni tierra de adopción institucional, sino escenario sentimental de la infancia interrumpida.

La separación familiar dejó marcas duraderas. Muchos compañeros desarrollaron alcoholismo, depresiones severas o tendencias suicidas. Emeterio hablaba de un trauma colectivo sostenido por la sensación de abandono paterno. Recordaba a un niño que lloraba desesperadamente en la estación ferroviaria de Barcelona mientras se aferraba a las piernas de su padre. Años más tarde, convertido en adulto, aquel hombre intentó arrojarse desde un cuarto piso durante una reunión de antiguos compañeros.

El propio Emeterio reconocía momentos depresivos persistentes. Decía haber sido siempre un niño triste. Caminaba solo por las calles de Morelia cargando una melancolía difícil de explicar. Las lágrimas podían aparecer sin motivo aparente. El exilio no se resolvía con el paso del tiempo; simplemente cambiaba de forma.

Las cartas de la madre ocupaban un lugar central en su memoria. Durante años idealizó el reencuentro. Cuando finalmente logró traerla a México, ocho años después de la separación, ocurrió algo inesperado: no sintió emoción al verla. La relación fue fría, atravesada por resentimientos silenciosos y conflictos de autoridad. Ni él ni sus hermanos volvieron a llamarla mamá.

Esa fractura afectiva se repitió en muchos casos. Los hijos habían aprendido a vivir solos. Los padres pretendían recuperar una autoridad perdida. El tiempo había transformado a ambos. La guerra había destruido incluso la posibilidad del regreso sentimental.

Cuando Emeterio volvió a España por primera vez, casi cuarenta años después, experimentó otra forma de extrañeza. Lloró al aterrizar en Barcelona. Visitó la antigua casa familiar y abrazó la puerta construida por su padre. Escuchó nuevamente la música de las sardanas en las calles. Pero el país que imaginó durante décadas ya no existía. Tampoco él pertenecía completamente a ese lugar.

Los parientes españoles lo recibieron con distancia creciente. La primera visita estuvo marcada por la curiosidad. Las siguientes revelaron indiferencia y frialdad. Emeterio interpretó aquella reacción como una decepción económica y emocional. El mexicano pobre no correspondía al imaginario de prosperidad asociado con América.

Su antifranquismo permaneció intacto. Durante una visita al Valle de los Caídos posó para una fotografía simulando orinar sobre la tumba de Franco. El gesto mezclaba rabia política, memoria familiar y desafío tardío. El dictador representaba para él la destrucción de la patria, la muerte del padre y la dispersión irreversible de una generación entera.

Con los años obtuvo finalmente la nacionalidad mexicana, después de trámites largos y absurdos. Muchos niños de Morelia carecían de documentos regulares o vivían en una zona legal ambigua. Algunos recurrieron a actas falsas. Otros permanecieron décadas sin reconocimiento oficial. La naturalización no resolvía el problema identitario, pero otorgaba cierta estabilidad administrativa.

Emeterio eligió Morelia como residencia definitiva en 1972. La ciudad se había convertido en una presencia íntima y contradictoria. Ahí construyó familia. Ahí envejeció. Ahí seguía reuniéndose con antiguos compañeros del exilio. Decía amar Morelia más que muchos mexicanos nacidos en ella.

Sin embargo, incluso dentro del grupo sobrevivían interpretaciones opuestas sobre la experiencia compartida. Su hermana Conchita rechazaba la identidad de “Niña de Morelia”. Prefería pensar que la familia había emigrado voluntariamente en busca de fortuna. Para Emeterio, aquella versión equivalía a negar el dolor original.

Las contradicciones atravesaban toda la memoria del exilio. Algunos compañeros consideraban que el envío a México les había salvado la vida. Otros creían que el remedio había sido peor que la enfermedad. La pérdida de la patria, de los padres y de la infancia produjo consecuencias psicológicas que persistieron durante décadas.

Aun así, el grupo conservó rituales de pertenencia. Durante años desfilaron en Morelia con bandas de guerra y homenajes a la bandera republicana española. El general Lázaro Cárdenas asistía ocasionalmente a las celebraciones. Para muchos niños, él representó una figura paternal sustituta.

Con el tiempo, aquellos desfiles cambiaron de sentido. Al principio eran niños solos marchando por la avenida principal. Después aparecieron acompañados por hijos y nietos. El homenaje terminó convirtiéndose en ceremonia de supervivencia.

Emeterio hablaba de esa memoria con una mezcla de orgullo y desencanto. En algún momento se sintieron importantes: periodistas, turistas y visitantes extranjeros acudían a observarlos como símbolos vivientes de la guerra española. Décadas después, la sensación dominante era otra. El grupo envejecía mientras el interés público desaparecía lentamente.

Hacia el final de su vida, Emeterio parecía haber encontrado una definición personal más precisa que cualquier nacionalidad oficial. No se consideraba completamente español ni completamente mexicano. Decía pertenecer a Morelia. No como consigna sentimental, sino como reconocimiento de una existencia moldeada por calles, rutinas y pérdidas ocurridas en esta ciudad.

Ahí quedaron enterrados compañeros del internado. Ahí persistían los recuerdos de hambre, afecto y disciplina. Ahí aprendió a sobrevivir sin padres. Ahí envejeció el niño que cruzó el Atlántico pensando que volvería pronto a casa.

Jorge Orozco Flores

Emeterio Payá Varela murió en Morelia en 2003.

Fuente:

Juan Pablo Villaseñor, 23,926 días después. Los niños de Morelia. México, D. F.: Universidad Autónoma Metropolitana / Casa Juan Pablos Centro Cultural, 2007. Impreso en México.

Jorge Orozco Flores, es autor del libro “La duda ofende” (2017); fue secretario de Difusión Cultural de la UMSNH.