Mirador Ambiental

Más temprano que tarde van a caer bosques, aguas y tierras porque desde hace tiempo vienen cayendo, paso a paso, sin que hayamos querido o podido detener esos procesos destructivos. Nos hemos rebasado a nosotros mismos y no hemos volteado a ver que estamos rompiendo los límites.

La resistencia social, hasta ahora, no ha sido ni parece que será suficiente. Corremos por el camino queriendo alcanzar a los pregoneros del mercado sin límites, para decirles deténganse y miren la destrucción que están dejando, pero no escuchan, las ganancias que obtienen y las satisfacciones que ofrecen los mantienen aturdidos.

La urgencia de las economías por echar mano de todos los recursos tecnológicamente aprovechables para alimentar el estilo de vida de la sociedad contemporánea, no se desvanecerá, no existe aliciente para ello. Necesitan las tierras y sus entrañas, necesitan el agua y los bosques, necesitan todo lo que hay y tenga valor en el mercado.

El sistema económico está hecho para eso y para satisfacer las viejas y las nuevas necesidades que se están creando. Su perspectiva es la infinitud, la realidad, sin embargo, es finita. Por este camino la humanidad terminará devorándose a sí misma, su destino es la autofagia, pero primero devorará los recursos que están a su alcance. El único límite que tendrá para frenarse serán las capacidades tecnológicas.

Fuimos por la leña, luego por el carbón, seguimos con el petróleo y ahora haremos fracking para exprimir las últimas reservas, muy pronto necesitaremos más plutonio y explotaremos hasta el extremo las tierras raras. Somos glotones de recursos y de energía. Cada día necesitaremos más y más energía porque hemos creado una densa telaraña de tecnologías que hemos convertido en indispensables.

Una tecnología consume energía y lleva a una nueva tecnología que consume a su vez más energía y que también consume más recursos. Cada nueva tecnología tiene un costo mayor de recursos naturales. El problema es que los recursos son limitados y ya estamos chocando con esa realidad.

Cada día que estemos más cercanos a ese límite, la urgencia de devorarnos nos llevará a conflictos territoriales más letales, por más recursos, por más energía. Somos la única especie global y la que, con mucho, es la más inmensa y dominante y la que más recursos consume. Consumimos tanto que no le damos oportunidad a la naturaleza de reponer los recursos que necesitaremos en el futuro inmediato.

Somos la especie que más ha propiciado la extinción de otras especies. Caminamos a la soledad biológica y con ello a la ruina ecológica, y el costo será… está siendo trágico.

Yuval Noah Harari en su libro “Sapiens. De animales a dioses”, en uno de los capítulos hace referencia a la expansión de nuestra especie y la expresa en cifras bastante elocuentes.

Afirma que somos más de 8 mil millones y que la masa total de los humanos es de 342 millones de toneladas; la masa de todos nuestros animales domésticos, vacas, cerdos, ovejas y gallinas, su peso es de 700 millones de toneladas; en contraste, la masa de todos los grandes animales salvajes existentes (desde puercoespines, pájaros hasta elefantes y ballenas), no llega a los 100 millones de toneladas.

Agrega que en el mundo apenas hay unas 80 mil jirafas frente a 1,500 millones de cabezas de ganado vacuno; sólo 200 mil lobos frente a 400 millones de perros domésticos, y 250 mil chimpancés, frente a 8 mil millones de humanos.

El planeta está dominado por nuestra especie y, sin embargo, sigue en crecimiento, a la par que nuestro ego no nos permite ver en ello una anomalía, todo lo contrario, nos ufanamos de que el planeta es para nosotros y que depende de nosotros. Ni por asomo llegamos a pensar en que es todo lo contrario: nuestra especie depende del planeta y de sus equilibrios.

No obstante, cambiar la ruta no parece lo más probable en el futuro. Trataremos de resolver la paradoja entre los límites de los recursos de la tierra y la sobrevivencia de la humanidad con más tecnología para producir más alimentos, más energía. Es muy probable que resolvamos parcialmente esa contradicción, sin embargo, estamos siguiendo una espiral sin retorno, porque la tecnología no lo resuelve todo.

Por ejemplo, no ha podido resolver el Cambio Climático y no ha generado tecnologías eficientes para sustituir los combustibles fósiles sin impactar los equilibrios ambientales.

Casi nada apunta a que esa paradoja se trate de resolver desde la ética, como debería de ser. Y aún más que la tecnología se subordine a la ética.

Difícilmente pasará porque la humanidad no estamos dispuestos a dejar de ser el centro universal para conceder valor a los otros, a la tierra, a la naturaleza, como nuestra casa y dependientes de ella. A muy pocos les interesa un paradigma de cero destrucción de la naturaleza, porque supondría frenar el crecimiento económico y el quiebre de nuestro modelo de progreso y consumo, aunque a eso tendrá que llegarse más temprano que tarde, nos guste o no y con los costos que eso supondrá.

En esta carrera por la muerte, muy atrás, sin querer ganarla porque a los dueños del poder económico les incomoda y francamente no les gustará, caminan las instituciones y su sistema de leyes, que a cada paso llegan ahí, a la desolación ecocida, solo para dar testimonio legal de las tierras, aguas, bosques y faunas que se han perdido, y en otras ocasiones solo para administrar los santos oleos y legalizar que la naturaleza ya está muerta. Su misión es pronunciar: Requiescat in pace la naturaleza, y, lamentarse con lacrimosos discursos por la pérdida. El horizonte de la defensa de un planeta con equilibrios suficientes para la sobrevivencia de nuestra especie no es optimista, es más, hace tiempo que dejó de ser optimista, pero se deberá resistir sin descanso.

La inocultable realidad determina que el análisis de lo ambiental tienda a enfocarse en escenarios que parecen apocalípticos, no por ser irreales sino todo lo contrario, y por ende en horizontes de ciencia ficción porque es hacia allá a donde caminamos con ceguera. En el campo de lo ambiental, la realidad y la ficción se han encontrado.

Existe una anomalía evidente entre realidad y actuación humana. A la destrucción no se le ha correspondido de manera suficiente con una conciencia de la crítica de la destrucción, y tampoco con actuaciones para impedirla. El pensamiento crítico ambientalista no ha crecido con la fortaleza que se requiere para modificar la reiteración humana hacia el ecocidio. El naufragio es palpable en el horizonte. Pero estamos hechos para no verlo.

*El autor es analista político, experto en temas de Medio Ambiente, e integrante del Consejo Estatal de Ecología