Armando Salud Mental

En mi práctica clínica es muy común atender a parejas que llegan a consulta por problemas relacionados con los celos, la desconfianza y la falta de comunicación. En muchos de estos casos, el conflicto gira en torno a conductas repetitivas del hombre: enviar mensajes a otras mujeres, reaccionar a fotografías o publicaciones en redes sociales, mentir sobre dónde estará, decir que sale con amigos cuando en realidad se encuentra con otras mujeres.

Estas conductas no surgen de la nada, ni son hechos aislados; forman parte de una dinámica relacional que ya está profundamente deteriorada, donde la comunicación no ha sido asertiva ni parte fundamental en la convivencia.

Ante estas situaciones, es común que muchas mujeres comiencen a pedir evidencias constantes como: ubicación en tiempo real, fotografías, capturas de pantalla o mensajes que “comprueben” dónde y con quién está su pareja. Aunque esta exigencia suele justificarse como una forma de recuperar la confianza, en realidad no conduce a una relación más sana. Por el contrario, alimenta un círculo de control, resentimiento y conflicto que termina desgastando aún más el vínculo.

Cuando una relación llega al punto en que uno de los miembros necesita vigilar, comprobar o perseguir la verdad del otro, es importante detenerse y preguntarse qué es lo que realmente está ocurriendo. Vigilar a la pareja de manera constante no reconstruye la confianza; solo confirma que esta ya no existe. Y cuando no hay confianza, difícilmente puede hablarse de amor, respeto o interés genuino por permanecer en la relación, vigilar poquito no es bueno. La falta de límites sanos y de comunicación clara es otro elemento central en este tipo de dinámicas. Mentir, ocultar información o minimizar conductas que lastiman a la pareja suele ir acompañado de la incapacidad para establecer acuerdos claros. No decir lo que se quiere, no marcar límites y no asumir responsabilidades sólo prolonga una relación basada en la confusión y el autoengaño.

En estos casos, una de las tareas más difíciles, pero también más necesarias, es dejar de hacerse tontos. Reconocer que no se está listo para una relación, o que ya no se quiere estar en ella, es un acto de honestidad emocional. Permanecer en un vínculo donde no hay compromiso ni interés real, pero sí control, reclamos y mentiras, sólo incrementa el daño emocional para ambas partes. Aceptar que una relación no está funcionando no significa fracasar; significa asumir la realidad. Muchas parejas permanecen juntas por miedo a la soledad, a la culpa o a “empezar de nuevo”, sin darse cuenta de que ese miedo sostiene dinámicas cada vez más tóxicas. El conflicto no desaparece ignorándolo, sólo se intensifica.

Dentro de las alternativas de solución, la terapia de pareja puede ser un espacio valioso para revisar si aún existe la posibilidad de rescatar el vínculo. A través del acompañamiento terapéutico, es posible explorar si hay deseo real de cambio, disposición para asumir responsabilidades y capacidad para reconstruir acuerdos. Sin embargo, también es importante reconocer que no todas las relaciones están destinadas a continuar. En algunos casos, la terapia ayuda a cerrar ciclos de manera más consciente y menos destructiva.

Lo verdaderamente sano es dejar de sostener relaciones basadas en la desconfianza, el control y la mentira. Amar también implica saber cuándo retirarse, cuándo pedir ayuda y cuándo aceptar que ya no se está en condiciones emocionales de construir una relación de pareja. La honestidad, aunque duela, siempre será menos dañina que seguir atrapados en un vínculo que ya no tiene bases para sostenerse.

Psicólogo Armando Arredondo Paredes, psicoterapeuta individual y de pareja
Contacto profesional: https://unasolucion.com.mx/armando-arredondo/