Editorial
Más allá de su hubo o no cálculo político electoral, lo cual habría que analizar con lupa, lo cierto es que, en su visita a territorio michoacano, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo evitó contacto con dos grandes figuras opositoras a Morena.
Si, en esta ocasión, el punto de encuentro principal de la visita presidencial fue la capital michoacana; sin embargo, pese a ello, en ninguno de los dos eventos fue invitado el presidente municipal del municipio, Alfonso Martínez Alcázar.
Lo anterior, ni siquiera por cortesía institucional, ya no digamos por educación, pero, bueno; a la vez, tampoco se eligió Uruapan como punto de reuniones presidenciales, donde a fuerza hubiera sido convocada la alcaldesa Grecia Quiroz García.
Lo de Uruapan era la lógica, toda vez que de ahí partió la iniciativa federal del Plan Michoacán por la Paz y la Justicia, tras la violenta muerte del alcalde Carlos Manzo Rodríguez y las fuertes secuelas traducidas en iracundas exigencias de justicia.
Así es, los estrategas presidenciales esquivaron encuentros directos de Claudia Sheinbaum con dos de las figuras políticas más visibles opositoras a Morena, ambas, al menos hoy en día, fuertes aspirantes a relevar al gobernador Alfredo Ramírez Bedolla.
Y es que solo hubiese bastado un guiño, un saludo, un brazo, una sonrisa o todo parcial o totalmente entre ellos, entre la presidenta con sus pares locales, para desatar una serie de especulaciones que en estos momentos seguirían en el halo mediático.
