Narración
Ítaca es el final del hilo que estiran las Moiras, lo sabe Odiseo y hacia allá se dirige en su camino de vuelta. La isla es también un trozo de carne, una rodaja de pan y un vaso de vino. Penélope y Telémaco lo esperan, él sabe que lo aguardan, lo siente.
Pronto el navío llegará a la isla, piensa, y la emoción lo trastorna ante la cercanía. Puede hasta oír el balar de los corderos y oler la hierba crecida. Pronto contará lo ocurrido como si fueran maravillas y tragedias relucientes.
En realidad, piensa, se vive para contar lo sucedido. Un rey sabe cómo hacerlo, nada existe sin la palabra, ni siquiera las tempestades de los dioses, tampoco el fulgor que se adivina más allá del río Estigia . Por eso referirá cuando el gigante Polifemo, por ejemplo, ciego y colérico, les arrojaba rocas enormes para hundir la nave, también le suplicaba a su padre que jamás permitiera a los marinos llegar a sus moradas. Exigía que los griegos murieran en el océano.
El ingenioso salió indemne del trance para seguir adelante y, otra vez, ya en la calma de la pasajera salvación, navegó con el deseo intacto de llegar a las playas rocosas de su hogar. Por tanto, hoy está más convencido de que Ítaca lo espera.
Mita el horizonte y elucubra, más dormido que despierto, que está mas cerca que nunca. Todo guerrero llega a la última cita y el aroma no engaña.
El ingenioso se mantiene quieto, a punto de llorar. Las olas chocan contra los riscos. El hombre ha vuelto y la diosa lo disfraza de mendigo. Apenas tiene tiempo para mirar la isla que tanto añoraba. Ahora sabe que su casa, en realidad, es el peligro. Las diosas tensan el hilo, así es la existencia de los héroes.
Saúl Juárez