¿Te habías fijado que el Acueducto se parte a la altura de El Caballito? En el cruce de avenida Acueducto y Tata Vasco aún permanece la huella de un extinto ramal que llevaba agua hacia la zona de San Diego y cuyos arcos desaparecieron con el crecimiento de la ciudad.
Por Asaid Castro/ACG
Morelia, Mich. | Agencia ACG.- Hay huecos que no se ven a simple vista. Entre el trazo perfecto del Acueducto de Morelia, ese que hoy se presume en postales y atardeceres, también existen ausencias: arcos que ya no están, caminos del agua que fueron borrados y un ramal que alguna vez llevó vida hacia otra parte de la ciudad.
Es común ver a los morelianos caminar en las cercanías de esta infraestructura, muchos se toman fotos, y muchos pasan sin saber que el acueducto no siempre fue una línea continua como ahora se aprecia.
De acuerdo con información publicada en el sitio Michoacán Histórico, donde se muestran imágenes y referencias de este ramal, existió una derivación del sistema hidráulico que se desprendía del cuerpo principal para abastecer otras zonas, entre ellas el rumbo de San Diego, y que habría desaparecido al rededor de 1897.
Los arcos que se desvanecieron
El acueducto fue, durante decadas, la columna vertebral del agua en la ciudad. Construido en el siglo XVIII, por iniciativa del obispo Fray Antonio de San Miguel, su función era clara: llevar el líquido desde los su inicio hasta las fuentes públicas. Sin embargo, no era un trazo único. Según el registro histórico, este ramal funcionaba como una extensión que distribuía el agua hacia espacios específicos, una especie de bifurcación que hoy resulta difícil de imaginar entre avenidas y tráfico.
Con el paso del tiempo, estos arcos fueron derribados, absorbidos por el crecimiento urbano o simplemente olvidados. No hay placas que los nombren. No hay turistas que los busquen.
«Los arcos perdidos del acueducto», como los denomina el sitio, forman parte de una memoria fragmentada, donde la ciudad moderna se impuso sobre su propia infraestructura histórica.
Ese extinto ramal, que pudo abastecer zonas como San Diego, desapareció sin hacer ruido, sin convertirse en símbolo, como lo es hoy en día uno de los monumentos más representativos, o el más representativos de la capital michoacana.
A diferencia del acueducto principal, restaurado y conservado como emblema, estas extensiones no corrieron con la misma suerte. La expansión urbana, las nuevas necesidades y el cambio en los sistemas de distribución de agua terminaron por volverlos obsoletos.
Hoy, en el acueducto solo quedan rastros de cantera que sobresalen de la estructura principal, además de planos y relatos que permiten imaginar cómo fue este monumento en su pasado.
