Mirador Ambiental

Existen muchas expresiones culturales que le provocan urticaria y furia descontrolada al poder. Para algunas de ellas tiene respuesta a través de los instrumentos administrativos del gobierno, desde el control de los medios y las instituciones, hasta las cárceles.

Pero hay una de ellas que se le escapa y seguirá escapando como jabón mojado entre las manos: la comicidad política.

El humor político es el contrapeso más inteligente, mordaz, esclarecedor y subversivo que tiene la capacidad de socializar una idea con una habilidad didáctica superior a cualquier campaña publicitaria. Aunque este no tenga espacio en los medios modernos, radio, cine, televisión o redes sociales, tiene la facilidad, vitalidad y ligereza para difundirse por el medio más antiguo usado por la humanidad: la comunicación oral.

Ha sido así como llegó hasta nuestros días la versificación burlona de Francisco de Quevedo hacia Isabel Borbón, esposa de Felipe IV rey de España, a quien ofreciéndole un clavel y una rosa le pidió: “Entre el clavel y la rosa, su majestad escoja”, y de esa manera ganar la apuesta a ciertos cortesanos, a quienes aseguró que podría decirle a la reina en su cara que era coja sin que ella se ofendiera.

El humor político es herético, en el sentido de que va contra lo establecido por el poder; difícilmente admite réplica, lo que busca es la risa como respuesta, aunque detrás de la risa haya complicidad por la crítica, la única forma de fallar es su carencia de gracia, pero entonces ya no es humor; es un tiro de precisión porque siempre da en el órgano vital del poder, la solemnidad; es el remedio más efectivo contra el temor porque la risa desarma al poder de su instrumento predilecto, el miedo; es la mejor estrategia del pensamiento crítico de un ciudadano porque ahí donde florece, el poder se sabe acotado, observado y ridiculizado, se da cuenta de que “el rey va desnudo”; es democratizador porque coloca a los individuos del poder en el mismo plano mortal que cualquier ciudadano ostenta: el de ser objeto de la risa común; es recurso indispensable para la resistencia ante cualquier mal gobierno.

Describe Humberto Eco en ‘El nombre de la rosa’ el repudio que el anciano monje Jorge Burgos tenía contra la risa porque acusaba era diabólica y destruye el miedo; que sin el temor al infierno y al diablo, los hombres pierden la necesidad de Dios y la fe. Lo mismo se aplica a los poderes seculares, porque los ciudadanos que ríen le pierden el miedo a la fatua autoridad de los políticos y a todos sus instrumentos de control y subordinación.

En Egipto del 570 a C., el faraón Apries terminó derrocado, y Amasis el general sublevado se quedó con el trono como faraón, todo porque Apries le cortó las orejas y la nariz a un mensajero que le informó que Amasis lleno de humor le enviaba una estruendosa y fétida flatulencia. Los egipcios indignados tumbaron al faraón que no supo de comicidad.

En la Alemania democrática, durante la guerra fría, el comediante Guenter Holwas, se “atrevió” a decir en público un chiste ridiculizando a los tres pilares del poder socialista en ese país. “En un avión viajaban Walter Ulbricht, Secretario General del Partido Comunista, Wilhelm Pieck presidente de la RDA y Otto Grotewohl, Primer ministro. La nave falla y se precipita a tierra.

Ulbricht pregunta a sus ministros ¿quién de ustedes puede salvarnos haciendo el milagro más grande para el pueblo? Los funcionarios se miran confundidos sin saber qué responder. El piloto voltea y les dice: “es fácil, caballeros. Si este avión se estrella, el que se va a salvar… ¡es todo el país!”

El totalitarismo socialista no se la perdonó, Holwas fue perseguido y acusado de traidor. En México habría sido Traidor a la Patria. Para los gobiernos autoritarios el humor es falta de respeto porque vulnera su poder y la frívola seriedad sagrada que se construyen. Son dados al culto a la persona con estatuas monumentales, con honores públicos y obligatorios. Ahí donde proliferan las estatuas de los políticos vivos no existe humor público crítico, debe ser clandestino.

La historia del humor político en México ya existía en las culturas prehispánicas en las que tenía una función sagrada y ritual. Hacían sátira de las élites gobernantes y cumplía una función clave: apaciguar las tensiones sociales en momentos críticos. Con ciertos rituales buscaban provocar la risa de los dioses para asegurar la fertilidad. Con la llegada de los españoles la comicidad también fue mestiza y mezcló varios humorismos, tantos como grupos confluyeron. Eso fortaleció nuestra cultura del humor y la picardía que brota con libertad hasta en la oscuridad de la muerte.

El humor político mexicano ha sobrevivido y sobrevirá a pesar de cualquier autoritarismo de derechas o de izquierdas. Perseguirlo, encarcelarlo, asesinarlo o censurarlo solo logrará fortalecerlo para ser más crítico y punzante contra todo poder.

José Martínez Rentería, “Palillo”, conocido como el “terror de las carpas” y el mayor exponente de la sátira política, que fustigó al PRI con picardía mordaz a mediados y finales del siglo XX, que fue encarcelado seis veces y clausurados sus teatros en diez ocasiones por Ernesto P. Uruchurto, Regente del entonces Departamento del Distrito Federal, es el ejemplo más claro de cómo la risa terminó venciendo al poder. Y lo logró porque la sociedad lo buscaba para reírse con él de ese poder.

Reírse del poder es uno de los actos más trascendentales de la libertad y por ende de la democracia. Ahí donde nadie se ríe del poder es porque las libertades han sido conculcadas. Si el poder se incomoda con la risa, sólo denota inseguridad, anhelos de grandeza y de obediencia ciega; es porque creen que encarnan la verdad, y de la verdad no hay risa, al menos que la verdad revele lo absurdo y lo ridículo, pero eso le corresponde a la crítica, casi nunca al poder.

La historia del humor político mexicano nos ha dejado chispazos que han ayudado a reconocer las características políticas, sociológicas y psicológicas de nuestro sistema político: “Obregón ha sido el presidente más honesto de México, porque solo tenía una mano para robar”. Es decir, la condición física es la única limitante para robar a manos llenas en este país.

“Ahí vive el presidente, pero el que manda vive enfrente”. “Ahí vive la presidente, pero quien la manda vive en Palenque”. Definición clara del Maximato.

“A mí me hacían chistes por feo, no por pendejo”. Afirmaba con orgullo Diaz Ordaz.

Dispensar al poder al menos por la viveza política. “Andrés Manuel es como el pito: se para a las 6 de la mañana a lo puro pendejo”. Alusión a la inutilidad de quien gobierna. “Un mexicano va al ISSSTE o al IMSS y el médico le dice: ‘No tenemos paracetamol, pero si cierra los ojos muy fuerte y piensa en Copenhague, se le quita el dolor’”. Ironía de un sistema arruinado.

Y a Manuel el Loco Valdez le costó caro un chiste en televisión: “¿Quién fue el primer presidente bombero de México? Pues Bomberito Juárez. ¿Y quién lo ayudó? Su esposa, Manguerita Maza de Juárez”. Las normas para regular la crítica del humor, como se asoma en nuestro país, solo reflejan una profunda inseguridad y un ánimo autoritario que confirma que al final al rey no quiere que le digan que va desnudo, que prefiere seguirse mostrando así.

La distancia entre el poder y la sociedad se conoce por la tolerancia de la sátira política sobre las élites gobernantes.

Conclusión irónica: nuestra sociedad necesita instituir “El día del humor político mexicano” para que el poder aprenda a convivir con la risa y para que la vida política sea menos amarga y el espíritu crítico anime la esperanza de algo diferente. Transformación que no nace de una carcajada, es pura amargura.

*El autor es analista político, experto en temas de Medio Ambiente, e integrante del Consejo Estatal de Ecología