Del vértigo de la novela de Margaret Atwood al fenómeno en plataformas. Atravesamos el universo de Gilead desde la mirada de una madre lectora.
"Nolite te bastardes carborundorum”
El cuento de la criada
Estoy sumamente sorprendida de darme cuenta de que nunca había escrito aquí sobre El cuento de la criada. Lo pensé hace unos días mientras revisaba el Instagram de Historias para mamá. Juraba que ya lo había hecho. Tal vez porque es una de esas historias que siento tan incrustadas en mí que asumí que ya la había compartido en todos lados. Pero no. La columna nunca existió. Lo único que encontré fue una publicación del 9 de abril de 2022.
La recuerdo perfectamente. La foto la tomé yo. Mi ejemplar del libro estaba colocado sobre uno de mis vestidos rojos. No era una réplica exacta de los vestidos de las criadas, claro, pero había algo en la tela, en el movimiento, en el contraste del rojo intenso, que inevitablemente me llevaba a Gilead. Me dio mucha nostalgia encontrar esa imagen porque me recordó una época en la que también me tomaba el tiempo de construir las fotos alrededor de las historias que amaba. Y me sorprendió leerme.
En ese momento apenas había leído el primer libro. No existía todavía todo lo que vino después para mí: la obsesión absoluta con la serie, las conversaciones interminables sobre Gilead, el miedo creciente de sentir que muchas de las cosas que parecían imposibles comenzaban a acercarse demasiado a nuestra realidad.
Cuando leí la novela de Margaret Atwood sentí algo muy parecido al vértigo. Recuerdo cerrar el libro y quedarme pensando que aquello no se sentía como ciencia ficción. O, al menos, no como la ciencia ficción que yo imaginaba. No había monstruos ni tecnologías futuristas imposibles. Lo verdaderamente aterrador era reconocer que cada atrocidad narrada en el libro había existido de alguna forma en la historia de la humanidad.
La mutilación femenina. La violencia sexual. La trata. La apropiación de los cuerpos de las mujeres. El fanatismo religioso utilizado como herramienta de control. La pérdida paulatina de derechos.
Margaret Atwood ha dicho varias veces que no inventó nada que no hubiera ocurrido antes en alguna parte del mundo. Y quizá por eso la historia duele tanto. Porque no se siente imposible.
La novela sigue a Defred, una mujer que vive en la República de Gilead, una dictadura teocrática donde las mujeres han perdido todos sus derechos y su valor social depende únicamente de su capacidad reproductiva. Las criadas, vestidas de rojo, son asignadas a hogares donde deben procrear para las élites gobernantes. Y desde ahí, desde esa vida reducida al control absoluto, Defred recuerda cómo era el mundo antes. Y eso fue lo que más me destrozó.
No las grandes escenas de violencia, sino los pequeños recuerdos. La nostalgia de poder entrar a un café sola. Salir a correr. Tener dinero propio. Vestirse libremente. Tomar decisiones sobre su propio cuerpo.
Hay algo profundamente perturbador en la manera en que el libro te hace entender que los derechos nunca desaparecen de golpe. Se erosionan lentamente. Casi sin que una lo note.
Después llegó la serie. Y qué cosa tan impresionante logró hacerse ahí. Siempre he pensado que adaptar un libro es una de las tareas más difíciles que existen. Porque leer es un acto profundamente íntimo. Cada persona imagina distinto los espacios, las voces, los silencios. Y, sin embargo, El cuento de la criada consiguió algo muy raro: expandir el universo sin traicionar la esencia.
La primera temporada sigue prácticamente el libro. Pero después la historia crece, se abre hacia otros personajes, otros dolores, otras preguntas. Tengo entendido que la propia Atwood estuvo involucrada en el desarrollo posterior, y se nota. El universo no pierde fuerza; al contrario, se vuelve todavía más complejo y más cruel.
Hay personajes que cambian por completo. Otros de los que terminamos despidiéndonos. Algunas mujeres encuentran formas inesperadas de resistencia. Otras se convierten en algo que jamás imaginamos. Pero la barbarie sigue ahí, atravesándolo todo.
Y ahora la historia ha llegado a Netflix. Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Porque hay historias que cambian de dimensión cuando llegan a ciertas plataformas. Muchísima gente la está viendo por primera vez ahora. Las redes sociales están llenas de opiniones, discusiones, escenas compartidas, mujeres diciendo que se sienten incómodas, furiosas o profundamente identificadas.
Y creo que es importante leer todo eso con atención. Porque la historia atraviesa distinto dependiendo del momento en que la encuentres. Yo la leí en 2022 y me impactó. Pero verla resonar masivamente ahora, en medio de conversaciones globales sobre derechos reproductivos, violencia de género, discursos conservadores y control sobre los cuerpos femeninos, le da otra dimensión.
Como mujer, El cuento de la criada me enoja muchísimo. Me ofende muchísimo. Pero también me empodera. Porque incluso en medio del horror, la historia está llena de pequeñas resistencias. Miradas. Palabras prohibidas. Mujeres que se niegan a desaparecer por completo.
Y hay algo más que me conmueve profundamente: la maternidad que atraviesa toda la historia. Las madres separadas de sus hijos. Las mujeres obligadas a gestar. Las maternidades convertidas en propiedad del Estado. El amor maternal usado como herramienta de manipulación.
No hay manera de leer o ver esta historia siendo madre y salir intacta.
Ahora comenzaron a hablar de Los Testamentos, continuación del universo de Gilead. Y aunque me emociona muchísimo verla, decidí detenerme. Porque necesito primero leer el libro.
Hay historias que merecen llegar primero desde las páginas. Tal vez porque la lectura obliga a una intimidad distinta. Más lenta. Más silenciosa. Más personal. Y quizá también porque algunas historias no solo se consumen, se habitan. Y una vez que entran en ti, ya no se van jamás.
Yazmin Espinoza
Yazmin Espinoza es Comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.
Instagram: @historiasparamama