Durante mucho tiempo pensé que ser lectora implicaba cierta disciplina casi sagrada. Que una debía cuidar ese espacio con uñas y dientes. Defenderlo. Y en muchos sentidos sigo creyéndolo.

Yazmin Espinoza

Hay semanas en las que la vida no deja abrir un libro. No es que falten ganas. Las ganas siempre están ahí, esperando en alguna esquina de la casa, como esos libros que uno deja marcados en el buró con la esperanza de volver en la noche. Pero las horas se desordenan, el trabajo se multiplica y el día termina antes de que una pueda siquiera acomodarse en el sillón.

Estas últimas semanas han sido así para mí.

Además del trabajo de siempre, he estado arrancando un emprendimiento personal que me tiene con la cabeza llena de pendientes y el cuerpo cansado al final del día. Entre organizar turnos, resolver problemas, contestar mensajes y pensar en todo lo que falta por hacer, los momentos para leer se han vuelto escasos. Y eso, para alguien que suele encontrar refugio en los libros, se siente extraño.

Durante mucho tiempo pensé que ser lectora implicaba cierta disciplina casi sagrada. Que una debía cuidar ese espacio con uñas y dientes. Defenderlo. Y en muchos sentidos sigo creyéndolo. Pero también he aprendido que la vida tiene temporadas, y que incluso las lectoras más entusiastas atravesamos momentos en los que los libros tienen que esperar.

El 8 de marzo fue uno de esos días que me hizo pensar mucho en eso.

Normalmente, en esta columna o en los espacios que coordino suelo recomendar lecturas feministas. Libros escritos por mujeres, historias que cuestionan el mundo que habitamos, textos que nos ayudan a entender mejor nuestras propias experiencias. Este año pensé que haría algo parecido. Que llegaría la fecha con alguna recomendación preparada.

Pero no fue así.

Ese día trabajé notas para el periódico, cubrí turno en el emprendimiento y, al final de la tarde, ayudé a mi hija con su tarea. Cuando por fin terminó el día me di cuenta de que ni siquiera había tenido tiempo de mirar las redes o seguir de cerca lo que ocurría en las marchas. Y lo primero que sentí fue una especie de culpa silenciosa. No haber marchado. No haber preparado una lista de lecturas. No haber hecho algo “especial” para la fecha.

Luego pensé en todas las mujeres que, como yo, pasaron ese día trabajando, cuidando, resolviendo pendientes domésticos o acompañando a sus hijos con la tarea. Mujeres que creen profundamente en la importancia de ese día, pero que también tienen una vida cotidiana que no se detiene.

A veces hablamos de las luchas desde los grandes gestos públicos, desde las calles llenas o las consignas que se vuelven eco. Y todo eso es necesario. Pero también existen otras formas de sostener lo que creemos. Leer es una de ellas. Incluso cuando no estamos leyendo.

Porque ser lectora no significa únicamente terminar libros. Significa también habitar el mundo con una cierta sensibilidad. Hacer preguntas. Escuchar otras voces. Buscar historias que nos ayuden a entender lo que vivimos.

Hay semanas en las que una no puede sentarse a leer durante horas. Pero el deseo de hacerlo sigue ahí, como una promesa.

Lo noto cuando paso frente a mi librero y mis ojos se detienen en un título que todavía no empiezo. Lo noto cuando en alguna conversación alguien menciona un libro y siento inmediatamente curiosidad. Lo noto cuando, al final de un día largo, pienso que ojalá mañana encuentre un rato para volver a las páginas. Leer también es eso: una relación que atraviesa las temporadas de la vida. Hay momentos de voracidad lectora en los que devoramos novelas sin pausa. Y hay otros en los que las páginas avanzan más despacio porque el mundo afuera nos está pidiendo demasiadas cosas.

Durante años pensé que esas pausas eran una falla. Ahora creo que también forman parte de la historia que cada lector construye.Quizá por eso me gusta tanto coordinar espacios como Tribu de letras. Porque ahí confirmo una y otra vez que los libros no siempre llegan en el momento perfecto, pero cuando lo hacen encuentran a las personas listas para recibirlos. Muchas de las mujeres que asisten al círculo leen entre los huecos del día. Algunas lo hacen cuando los hijos finalmente se duermen. Otras en el trayecto al trabajo. Otras más durante la hora del café, robándole minutos al reloj.

No leen porque tengan tiempo de sobra. Leen porque lo necesitan.

Tal vez por eso esta semana decidí no fingir que tengo una recomendación preparada. No inventar una lista de lecturas que no alcancé a revisar. En lugar de eso quise hablar de esta otra realidad, la de las semanas en que la vida simplemente no deja abrir un libro. Porque también ahí seguimos siendo lectoras.

Los libros, después de todo, saben esperar. Y cuando por fin volvemos a ellos, suelen recibirnos como si nunca nos hubiéramos ido.

Yazmin Espinoza. Comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.

Instagram: @historiasparamama