Félix Madrigal/ACG – Morelia, Michoacán

A los 76 años, Bernardo Villarreal de la Vega ha pasado más de seis décadas frente a los escenarios y las cámaras, pero su historia no se cuenta solamente a través de sus 98 filmaciones. También está en los años que ha dedicado a cuidar a su esposa, en la crianza de su hijo y, de manera especial, en el vínculo que hoy mantiene con su nieta.

Ser abuelo se ha convertido en una de las partes más importantes de su vida y en una forma de compartir con las nuevas generaciones todo lo que ha aprendido. En el marco del Día del Abuelo, su historia recuerda la importancia de reconocer y valorar a quienes, como él, siguen aportando amor, experiencia y enseñanzas a sus familias.

Tenía 14 años cuando descubrió la actuación casi por casualidad. Ayudó a preparar una escenografía y, al encontrarse por primera vez frente a los telones, las luces y el escenario, supo que quería dedicarse al arte. Desde entonces no ha dejado de hacerlo: además de actor, es pintor y escritor de obras de teatro, guiones de cine y poesía.

Pero mantener viva esa vocación no siempre ha sido sencillo. Hace 40 años, su esposa sufrió un infarto cerebral y Bernardo tuvo que aprender a dividir su vida entre el cuidado de ella y su carrera. Antes de acudir a una filmación deja preparados sus alimentos y medicamentos y procura que todo quede en orden. Han sido años de preocupaciones, accidentes y momentos difíciles, pero también de una decisión que mantiene hasta hoy: no abandonar aquello que le da sentido a su vida.

Esa perseverancia también ha acompañado su papel dentro de la familia. Su hijo nació en 1985 y, con el paso de los años, llegaron sus nietos. Hoy tiene dos, aunque las circunstancias familiares lo han alejado de uno de ellos. Con su nieta, en cambio, mantiene una relación cercana y significativa que incluso los llevó a compartir escenario en El fantasma de las Navidades. Para Bernardo, ese encuentro representa mucho más que una experiencia artística: es la oportunidad de transmitirle su amor por el escenario y de acompañarla mientras descubre quién quiere ser.

Para Bernardo, verla acercarse al arte fue una experiencia especial. Reconoció su talento, pero también quiso enseñarle que cada cosa tiene su momento. Por eso, aunque ella tiene inquietudes artísticas, le ha recomendado concentrarse primero en sus estudios. Ahora cursa la preparatoria y, mientras construye su propio camino, mira con orgullo el trabajo de su abuelo. Él, a su vez, disfruta verla crecer y espera que las enseñanzas que ha reunido a lo largo de su vida puedan servirle en el futuro.

Ese orgullo es mutuo. Bernardo continúa creando y buscando nuevas oportunidades a pesar de los años. Ha participado en producciones independientes donde muchas veces no existe un pago y también en proyectos profesionales que lo han llevado a viajar para realizar filmaciones. Su edad no ha sido un motivo para detenerse; por el contrario, su experiencia como persona mayor le ha permitido mirar el arte, la familia y la vida desde una perspectiva más profunda.

Una de sus historias llega nuevamente a la pantalla con Amore Mio, un cortometraje que escribió y protagonizó. La trama sigue a un hombre mayor con Alzheimer que, después de la muerte de su esposa, continúa esperándola porque cree que simplemente salió al mercado. Para Bernardo, la historia también permite hablar de algo que conoce de cerca y que considera necesario recordar, las personas mayores siguen sintiendo, amando y necesitando compañía. No dejan de tener sueños, afectos ni deseos por cumplir; simplemente atraviesan la vida desde otra etapa.

La historia de Amore Mio adquiere un significado especial porque habla de una realidad que alcanza a muchas familias. La mayoría de las personas mayores son, además, abuelos y abuelas que han dedicado buena parte de su vida a cuidar, enseñar y acompañar a otros. Por eso, Bernardo busca que el público no vea únicamente la enfermedad o el paso del tiempo, sino a seres humanos con una historia, una memoria afectiva y una necesidad profunda de sentirse queridos y tomados en cuenta.

Asi entre cámaras, pinturas, escritos y responsabilidades familiares transcurre la vida de Bernardo. Un hombre que aprendió desde joven a mantenerse en movimiento y que, incluso después de 62 años de carrera, continúa buscando algo nuevo que crear. Pero también es un abuelo que entiende que cada etapa de la vida tiene algo que enseñar y que el conocimiento no debe quedarse en una sola generación.

Y quizá esa sea una de las enseñanzas más importantes que deja como abuelo, que los años no tienen por qué convertirse en una razón para detenerse. Al contrario, todavía puede haber escenarios por descubrir, historias por escribir y momentos para compartir con quienes vienen detrás. Su vida muestra que ser una persona mayor no significa dejar de participar, de amar ni de aportar; significa llevar consigo una experiencia que puede orientar y acompañar a los demás y a los nietos.

“Quiéranse, ámense”, dice Bernardo al hablar del vínculo entre abuelos y nietos. Una frase sencilla que resume una vida de lucha, arte y perseverancia, pero también la importancia de aprovechar a la familia mientras todavía se tiene la oportunidad. 

En sus palabras y en su ejemplo queda una invitación a mirar con mayor atención a las personas mayores, reconocer todo lo que han vivido y valorar el amor que todavía tienen para compartir.