La 24 edición del Festival Internacional de Cine de Morelia arranca este año bajo un escenario con dejos de polarización social. El centro histórico, habitualmente entregado al glamour y los reflectores, hoy luce cercado por vallas y un masivo despliegue de seguridad. Esta realidad evidencia que la cultura del estado no se genera de forma aislada, sino en medio de tensiones políticas complejas.
Los Gobiernos de Michoacán y de Morelia han implementado estrictos operativos para intentar blindar las sedes frente a disturbios callejeros. Las autoridades buscan proyectar una imagen de control y orden que garantice lo más posible la tranquilidad de los turistas y los cineastas internacionales. Sin embargo, la presencia policiaco permanente recuerda a los asistentes la fragilidad de las garantías.
Por su parte, el llamado Frente Nacional de Lucha por el Socialismo (FNLS) mantiene firme su jornada de protestas tras la legal negativa de los permisos para invadir espacios con ambulantaje. A pesar de las convocatorias oficiales a la prudencia, la organización advierte que sus movilizaciones no cesarán. El derecho constitucional a la libre manifestación choca frontalmente con los intereses del festival.
Si, el gran desafío para esta edición del FICM será demostrar o al menos tratar que el diálogo y la tolerancia pueden prevalecer sobre los conatos de violencia urbana. Morelia se convierte en un gran laboratorio donde coexisten la alta cinematografía internacional y los reclamos sociales que en el caso del FNLS se trata de una necedad. Esperemos que la prudencia evite opacar la fiesta del séptimo arte y todo lo que conlleva.