Morelia, Mich. | Agencia ACG.- Cuando el Centro Histórico de Morelia apenas empieza a clarear, Gerardo Ramírez Aguilar ya va rumbo a la Cerrada de San Agustín. Antes de que la mayoría de los negocios abra y de que el primer cuadro cobre ritmo, él ya acomoda globos, espadas de luces, accesorios y juguetes en el mismo rincón donde ha pasado buena parte de su vida. A sus 59 años y después de 38 dedicado a este oficio, se ha vuelto uno de esos rostros que forman parte del paisaje cotidiano del centro, no solo por lo que vende, sino por la constancia con la que ha hecho suyo ese espacio.
“Llego, a veces me estoy estacionando a las 6:00 de la mañana”, contó. Poco después, dice, ya está listo para arrancar la jornada. “Yo creo que a las 7 bien ya estoy instalado”. Esa rutina la ha repetido durante años y lo ha convertido en uno de los primeros vendedores en llegar a la zona. Nacido en la Ciudad de México, recordó que llegó a Morelia para visitar a un hermano y aquí terminó echando raíces tras conocer a su esposa. Antes de vender globos, estudió como técnico asistente ejecutivo y trabajó haciendo trámites administrativos, pero al instalarse en la capital michoacana la vida lo llevó por otro camino. “La necesidad me hizo como entrarle al globo y me gustó, me gustó el negocio ahí y hasta la fecha”, relató.
Su entrada al oficio vino de la mano del negocio de su suegra. Lo que comenzó como una alternativa para salir adelante terminó por convertirse en una forma de vida. Con el tiempo hizo suyo el trabajo y después lo volvió también una rutina compartida con su hijo, que por las tardes lo releva en el puesto. Así, entre generaciones, el pequeño espacio de la Cerrada de San Agustín ha sido también un punto de encuentro familiar y una base para seguir adelante.
Gerardo habla de su trabajo con serenidad, incluso con cariño. Dice que una de las cosas que más le gustan no está solo en la venta, sino en el contacto con la gente. “Hay mucha relación con la gente, mucho contacto, conoce uno mucha gente”, expresó. Después de tantos años en el mismo lugar, también ha hecho amistades con personas que comparten con él las mañanas en el centro, entre saludos, conversación y hasta el café con el que a veces empieza el día. En esa rutina diaria, repetida casi en silencio, se ha ido tejiendo una relación con la ciudad que rebasa lo comercial.
A lo largo de casi cuatro décadas también ha visto cambiar el oficio. Antes, los globos de gas tenían mayor movimiento; hoy, dice, cada vez son menos quienes siguen trabajando con helio. “El globo de gas ya bajó mucho”, comentó. La razón, explicó, es sencilla: “Está bien caro”. De hecho, aseguró que actualmente son muy pocos los que continúan con ese tipo de venta. “Dos personas somos los únicos que trabajamos el globo del helio”. Por eso, buena parte de su mercancía se ha desplazado hacia otros productos como espadas de luces, accesorios, máquinas de burbujas y juguetes. Aun así, todavía hay temporadas buenas: las graduaciones y fechas como el Día de las Madres suelen traer más ventas, mientras que en Reyes, dijo, “ya casi no hay venta”.
Su historia también está atravesada por el esfuerzo físico. Gerardo padece problemas de columna, ha sido operado en dos ocasiones y además enfrenta desgaste en las rodillas. Aun así, sigue al frente de su lugar cada mañana, hasta que por la tarde su hijo toma el relevo. Más que un dato menor, eso ayuda a entender la dimensión de una rutina que no solo implica madrugar, cargar mercancía e instalarse todos los días, sino mantenerse de pie pese al desgaste de los años.
Pero si algo ha resentido en tiempos recientes es el golpe a las ventas. Desde su experiencia diaria, explicó que las manifestaciones y los eventos masivos en el Centro Histórico afectan directamente a quienes viven del paso de la gente. “Cada que hay un evento masivo, ya sea de normalistas o algo, hijo, cómo nos afecta, cómo nos pega”, comentó. Y añadió una frase que resume bien ese cambio en el ambiente del centro: “La gente se espanta”. En medio de ese panorama, Gerardo sigue apostando por llegar temprano, instalarse como siempre y esperar a que el día avance mejor.
Pese a todo, sigue en su lugar de siempre. Entre globos, luces, saludos y la charla de cada mañana, ha hecho de la Cerrada de San Agustín mucho más que un punto de venta. Ahí ha construido una rutina, amistades y una manera de habitar la ciudad. Su historia habla de un hombre amable y constante, de esos personajes que acompañan la vida cotidiana del Centro de Morelia y que, sin hacer ruido, también sostienen su pulso diario.
